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Madame Bovary. Foto de Callie Reed bajo licencia CC-BY.

Después de hablar de las claves del “efecto Rashomon” hoy toca comentar la técnica de los vasos comunicantes. Ambas guardan ciertas similitudes, pero son distintas. El dato básico a tener en cuenta es que mientras en Rashomon hay varios relatos con diferentes puntos de vista, en los vasos comunicantes las historias se complementan a pesar de las diferencias en espacio y tiempo.

Siempre se ha dicho que el primer ejemplo de esta narrativa es de Gustave Flaubert. En el capítulo octavo de Madame Bovary se van alternando dos pasajes: “La feria agropecuaria” y “El cortejo de Rodolfo”. Lo acaecido en la feria tiene significado para el cortejo, aportando datos adicionales que van enriqueciendo la historia.

¿Qué es necesario para que funcione esta técnica? Al menos necesitamos dos historias paralelas, aunque podemos introducir las que queramos, siempre con cuidado de no abrir demasiado el ángulo para no perder el foco. Es muy importante que estos relatos no se apoyen sólo por la historia final y que compartan algo más. En palabras de Vargas Llosa, que exista una “comunicación” entre ellas. ¿Y cómo podremos lograrlo? De muchas formas: mediante el narrador, la atmósfera, el lenguaje, el simbolismo, los personajes… tú decides.

No siempre es necesario que sean historias que se retroalimenten. También es posible que, en medio de una novela, se inserte un capítulo que nos aporte información extra desde una aparente distancia. Viene a mi mente como ejemplo el juego de las tarjetas de visita que usa Easton Ellis en en American Psycho, novela con múltiples ejemplos de vasos comunicantes, claves para entender su final.

Los vasos comunicantes pueden aplicarse en muchas otras disciplinas: fotografía, teatro, música… Simplemente debéis pensar que todas las piezas individuales del rompecabezas tienen que aportar en común y no mostrar diferentes puntos de vista de la misma historia, pues en ese caso estaríamos aplicando el “efecto Rashomon”.